El cráter Giordano Bruno

Ocurrió un 25 de junio… en la Luna: El cráter Giordano Bruno

Era el domingo 18 de junio de 1178, hace más de 8 siglos, aunque es muy probable que esta fecha esté referida al antiguo calendario juliano, que corresponde a una semana después, el 25 de junio, en el gregoriano actual. En todo caso, la Luna estaba en cuarto creciente y el Sol sólo hacía una hora que había desaparecido. Cinco monjes de la Abadía de Canterbury conversaban en el claustro, observando a la vez a la Luna cuando, de repente, una explosión partió en dos el cuerno superior del satélite. Gervasio de Canterbury, cronista de la época, nos lo cuenta:

(Hoc anno, die Dominica ante Nativitatem Sancti Johannis Baptistae, post solis occasum, luna prima, signum apparuit mirabile, quinque vel eo amplius viris ex adverso sedentibus. Nam nova luna lucida erat, novitatis suae more cornua protendens ad orientem ; et ecce subito superius cornu in duo divisum est. Ex hujus divisionis medio prosilivit fax ardens, flamam, carbones et scintillas longius proiciens. Corpus interim luna quod inferius erat torquebatur quasi anxie, et, ut eorum verbia utar, qui hoc michi retulerunt et oculis viderunt propriis, ut percussus coluber luna palpitabat. Post hoc rediit in proprium statum. Hanc vicissitudinem duodecies et eo amplius repetiit, videlicet ut ignis tormenta varia sicut praelibatum est sustineret, iterumque in statum rediret priorem. Post bas itaque vidasitudines, a cornu usque in cornu scilicet per longum seminigra facta est. Haec michi qui haec scribo retulerunt viri illi qui suis hoc viderunt oculis, fidem suam vel jusjurandum dare parati, quod in supradictis nichil addiderunt falsitatis.)

En este año, el domingo previo a la fiesta de San Juan el Bautista, luego del atardecer, cuando la luna se hizo visible, un fenómeno maravilloso fue presenciado por unos cinco o más hombres que estaban sentados mirando la luna. Había una brillante Luna Nueva y como es habitual en esta fase, los cuernos estaban inclinados hacia el Este.

De pronto el cuerno superior se abrió en dos. En el punto medio de la división emergió una antorcha flameante, que vomitaba fuego, en una distancia considerable, carbones calientes y chispas. Mientras, el cuerpo de la Luna que estaba debajo se retorció, por así decirlo, en ansiedad, y, para ponerlo en las palabras de los que me lo contaron y que lo vieron con sus propios ojos, la luna palpitó como una serpiente herida.

Después recuperó su estado normal. Este fenómeno se repitió una docena de veces o más, la flama haciendo varias formas retorcidas y regresando después a su forma normal. Entonces, tras estas trasformaciones, la Luna tomó una apariencia negruzca de cuerno a cuerno. A quien escribe se le entregó este informe por personas que lo vieron con sus propios ojos, y están preparados para prestar juramento de que no agregaron ni falsificaron información en lo mencionado.

Con base en este relato, el experto en meteoritos Jack B. Hartung, del Departamento de Ciencias de la Tierra y el Espacio de la Universidad del Estado de Nueva York, propuso en 1976 que tal evento podría deberse al impacto de un meteorito en la Luna, que habría originado la creación de un cráter considerable.

Los cálculos de Hartung inducían a pensar que el cráter tendría al menos 12 km de diámetro, y ocuparía una franja entre los 30 y 60 grados de latitud norte, y dentro de las coordenadas 75 a 105 grados de longitud este. El impacto debía haber originado un sistema de rayos de unos 120 km de longitud, como mínimo.

Captura
Las primeras imágenes obtenidas por las misiones Apolo ofrecían la solución: Giordano Bruno. Este cráter tiene 22 km de diámetro, satisfaciendo la primera de las condiciones de Hartung. Sus coordenadas selenográficas son 35.9º N de latitud, y 102.8º E de longitud: Perfecto también. Pero además, su sistema de rayos, de 150 km de radio, superaba en brillo al de Tycho, lo que denotaba sin lugar a dudas una juventud extrema, y la constante lluvia de micrometeoros que caen sobre el satélite, más el viento solar, no habían tenido tiempo de erosionarlo.

Todos estos datos hicieron concluir a Hartung que Giordano Bruno se había originado como consecuencia de la explosión observada en 1178, y se erigía de esa forma en el primero y único cráter importante de los que tenemos testimonio directo de su formación.

El cráter aún presenta, en su interior, señales inequívocas de los ríos de lava que se originaron inmediatamente a consecuencia del impacto, y se pueden observar incluso diques que contuvieron en algunas zonas el avance del magma. Elevaciones de altitud desconocida, consecuencia del efecto de rebote sobre el subsuelo, completan un joven paisaje, con paredes aterrazadas cuya profundidad tampoco conocemos. Material fundido y luego precipitado en la superficie y grandes rocas que seguramente regresaron desde las alturas donde fueron eyectadas, también son visibles en las fotografías de alta resolución.

Más recientemente, los analistas de las imágenes transmitidas por el orbitador lunar Kaguya, de JAXA (la Agencia Espacial Japonesa), se han opuesto a estas teorías, tomando como base el cómputo de los pequeños cráteres formados en el interior de Giordano Bruno con posterioridad a la formación de éste. Con este dato, cifran en un millón de años la antigüedad del cráter, ciertamente joven, pero no hasta el extremo propuesto.

A este argumento, objetamos los defensores de la teoría de Hartung que esos cráteres de menor tamaño muy bien pudieron originarse en el momento del impacto, al volver a caer sobre la superficie del cráter las grandes rocas que fueron arrancadas por el meteorito. Simplemente, se formaron segundos después de la primera explosión observada desde Canterbury, pues el mismo Gervasio cuenta cómo hubo al menos una docena de repeticiones del resplandor.

También ha habido objeciones por parte de la NASA (la Agencia Espacial estadounidense). Aducen los norteamericanos que un evento de tales dimensiones habría causado una tormenta de meteoritos sobre la Tierra de al menos una semana de duración, y no se tiene constancia de que eso ocurriera.

Puede objetarse en contra de este razonamiento, y en favor de Hartung, que si la libración fue lo suficientemente desfavorable, las eyecciones tomarían justo el camino contrario, y el resplandor del impacto hubiera sido igualmente notable.

Además, casos como el de Tunguska en Siberia, a principios del siglo XX, contradicen esta objeción, como el de otros muchos impactos de meteoritos sobre la Tierra.

Defienden también su posición anotando que el evento no consta en fuentes asiáticas ni amerindias, pero eso no pudo ser, pues en Asia la Luna ya estaba bajo el horizonte, y en América todavía no había anochecido.

https://josevicentediaz.wordpress.com/historia-de-estrellas/

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