Un eclipse total de Sol observado con el astro a muy pocos grados sobre el horizonte, como ocurrirá el 12 de agosto en España, no es simplemente “otro eclipse”. Es un fenómeno profundamente modificado por la atmósfera terrestre y por la forma en que el ojo humano interpreta la luz cuando esta llega filtrada, debilitada y transformada tras recorrer una enorme cantidad de aire. La experiencia visual, física y sensorial será radicalmente distinta a la de un eclipse con el Sol alto, y en muchos aspectos más compleja, más rica y también más imprevisible, y absolutamente espectacular.
La geometría del eclipse: cuando el Sol roza el horizonte
Desde el punto de vista geométrico, un Sol a pocos grados de altura implica que su luz atraviesa una masa de atmósfera entre ocho y doce veces superior a la que cruzaría si estuviera en el cenit. Este concepto se describe en astronomía observacional mediante el término masa de aire o airmass, esta es la cantidad relativa de atmósfera que atraviesa la luz de un astro antes de llegar al observador; aumenta rápidamente cuando el objeto está cerca del horizonte.
Este incremento extremo del camino óptico produce tres efectos fundamentales: dispersión de las longitudes de onda cortas, absorción selectiva por aerosoles y vapor de agua, y refracción diferencial que distorsiona la forma del disco solar. La consecuencia directa es que el Sol no se verá blanco ni amarillo brillante, sino profundamente anaranjado, cobrizo o incluso rojizo oscuro. La atmósfera, en este caso, no es un simple medio transparente: es un filtro activo que esculpe el eclipse.
El papel de la atmósfera: por qué el Sol se vuelve rojo
El mecanismo físico dominante será la dispersión Rayleigh, es un proceso por el cual las moléculas del aire dispersan con mayor eficacia la luz azul que la roja, responsable del color del cielo. Al mismo tiempo actuará la dispersión Mie, esta es una dispersión producida por partículas mayores que las moléculas del aire, como polvo, sal marina o contaminación, que difunde la luz en todas direcciones y genera tonos blanquecinos o cálidos.
Ambos procesos eliminarán gran parte del componente azul del espectro solar directo, reforzando la dominancia de rojos y naranjas. El resultado será un Sol visualmente más cercano al tono de Marte que al blanco solar real.

Antes de la fase parcial: un Sol ya diferente
Antes incluso de iniciarse el eclipse parcial, el disco solar ya parecerá extraño. Su contorno no será perfectamente nítido; se observarán ondulaciones producidas por turbulencias térmicas en las capas bajas de la atmósfera. Este fenómeno se conoce como seeing, que es la degradación de la nitidez de una imagen astronómica causada por movimientos turbulentos del aire. Además, el disco presentará una ligera deformación vertical debido a la refracción diferencial, que es el cambio en la dirección de la luz al atravesar capas de aire con distinta densidad, que altera la forma aparente de los objetos cercanos al horizonte.”
El Sol parecerá más grande de lo habitual, reforzando la conocida ilusión asociada al horizonte, que es un efecto psicológico por el cual el cerebro interpreta los objetos cercanos al horizonte como mayores debido a referencias visuales del paisaje.
Inicio del eclipse: la mordida lunar en un Sol anaranjado
Cuando la Luna comience a cubrir el disco, la percepción del cambio luminoso será más evidente que en eclipses con el Sol alto. El motivo es que el brillo ya llega reducido por la atmósfera, y el sistema visual humano detecta mejor variaciones relativas en fuentes menos intensas.
El disco solar se transformará progresivamente en un creciente anaranjado oscuro, con bordes rojizos y un interior más apagado. Las sombras del entorno perderán contraste, los reflejos intensos desaparecerán y el paisaje adoptará una tonalidad cálida y difusa.
La caída de la luz: cómo responde el ojo humano
A medida que avance la parcialidad, la iluminación ambiental caerá de manera no lineal. No será una reducción suave, sino una transición acelerada hacia condiciones de penumbra. Esto se relaciona con la respuesta fisiológica del ojo, que pasa de visión fotópica a mesópica, que es la transición del sistema visual desde un funcionamiento dominado por los conos (visión diurna y cromática) hacia un estado mixto con participación creciente de los bastones (visión más sensible pero menos cromática).
Durante este proceso, el entorno adoptará un aspecto metálico, con tonos gris verdosos y pérdida de saturación en la vegetación y en los colores del paisaje.
El horizonte opuesto al Sol comenzará a oscurecerse primero, mientras que la zona cercana al astro mantendrá un resplandor cálido. Se generará una iluminación crepuscular anómala: no será una puesta de Sol, sino una reducción artificial de la luz diurna con el Sol aún visible.
Minutos previos a la totalidad: un mundo suspendido
En los minutos previos a la totalidad, el mundo parecerá entrar en un estado suspendido. La iluminación será homogénea pero extraña, sin sombras definidas, con un cielo que no será ni azul ni negro. El mar, si se observa desde la costa, adquirirá un tono gris acero; los rostros humanos parecerán pálidos; la vegetación perderá intensidad cromática.
La totalidad: ¿se verá la corona solar?
La gran pregunta es si la corona solar será visible con el Sol tan bajo. La respuesta es sí, pero con matices importantes.
La corona es extremadamente tenue y depende críticamente del contraste con el cielo para ser percibida.
Cerca del horizonte, la atmósfera mantiene un nivel de luminosidad residual elevado por dispersión, lo que reduce el contraste. Sin embargo, el propio filtrado atmosférico previo ha debilitado la intensidad del disco solar, lo que favorece la percepción de estructuras tenues.
La corona será visible, aunque no con la claridad de un eclipse con el Sol alto. Se apreciará mejor hacia los lados y hacia arriba del disco, mientras que su extensión inferior puede verse parcialmente lavada por la luminosidad del horizonte. Aun así, el efecto será profundamente impactante: la corona parecerá emerger del horizonte como un resplandor frío.
Podrán distinguirse, dependiendo de las condiciones atmosféricas, estructuras coronales como plumas ecuatoriales y chorros polares.
Perlas de Baily y anillo de diamante
El espectáculo se intensificará con la aparición de las perlas de Baily, que son destellos de luz solar que atraviesan los valles del relieve lunar justo antes y después de la totalidad.
A baja altura, estas perlas podrán adquirir tonalidades rojizas y mostrar un parpadeo más acusado debido a la turbulencia atmosférica. El anillo de diamante será dorado intenso, no blanco, producto del filtrado espectral atmosférico.
La oscuridad durante el eclipse
Durante la totalidad, la oscuridad no será absoluta. El fenómeno de iluminación del horizonte será muy evidente.
El paisaje quedará envuelto en una penumbra profunda, similar a un crepúsculo avanzado, con un resplandor rojizo en 360 grados. El cielo no se volverá completamente negro, pero sí lo suficiente para percibir la corona y, posiblemente, algunos planetas brillantes.
Es probable que se perciba la cromosfera durante unos segundos.
Ese borde puede intensificarse cromáticamente al atravesar la atmósfera baja, mostrando tonos rosados o rojizos más saturados que en eclipses altos.
Reacción del entorno y percepción humana
El impacto no será solo visual. Habrá respuestas biológicas y ambientales. Las aves pueden modificar su comportamiento, los insectos activarse como al atardecer y la temperatura percibida descender.
Cuando la totalidad finalice, la luz regresará de forma abrupta. Primero aparecerá un destello rojizo, luego un arco brillante y finalmente un Sol distorsionado por la atmósfera. El paisaje recuperará color rápidamente y el sistema visual regresará progresivamente a la visión fotópica.
Un eclipse bajo no es como los demás
Comparado con un eclipse alto, este evento será menos favorable para la observación científica pura de la corona, pero mucho más rico en términos de interacción entre la luz solar y la atmósfera terrestre. Un eclipse alto es esencialmente astronómico; uno bajo es astronómico y geofísico a la vez. La Tierra participa activamente en el espectáculo.
La luz no llegará directa: llegará transformada por capas de aire, humedad, partículas y turbulencias. El Sol no desaparecerá en un cielo negro, sino en un horizonte encendido. La corona no flotará aislada en el firmamento, sino que parecerá surgir de la frontera entre cielo y suelo.
Desde la experiencia humana, esta configuración genera una percepción distinta. El eclipse no se siente como algo lejano en lo alto, sino como un fenómeno que ocurre en el límite del mundo visible. El cerebro lo interpreta como un “apagado del paisaje”, no solo del cielo.
El eclipse del 12 de agosto no será únicamente un evento orbital entre la Tierra, la Luna y el Sol. Será un fenómeno atmosférico, óptico y biológico al mismo tiempo, donde la física de la dispersión, la refracción y la percepción humana se combinarán para producir una de las experiencias visuales más complejas que puede ofrecer la astronomía observacional. Un eclipse en el que no solo miraremos al cielo: veremos a la propia Tierra participando en el espectáculo.
Para saber más:
El eclipse total del 12 de agosto


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